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Rodolfo Segovia S.
columnista

Iconoclastas de nuevo cuño

El mensaje ciudadano es contundente: símbolos de opresión, injusticia o discriminación no tienen cabida en plazas y jardines de Estados Unidos.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
septiembre 07 de 2017
2017-09-07 09:01 p.m.
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Descabezan estatuas como si fueran Lenín, Stalin, Ceausescu o Hussein de reciente recordación. Con moderna civilidad, ya no se dejan pedazos por los suelos, sino que se depositan educadamente en canecas públicas de limpieza. Muy aseadito, pero el mensaje ciudadano es contundente: símbolos de opresión, injusticia o discriminación no tienen cabida en plazas y jardines de Estados Unidos, aunque se trate de vidas con excepcionales méritos profesionales –Robert E. Lee como soldado, o Cristóbal Colón como marino.

Lo de don Cristóbal raya en el absurdo. El concejo de Los Ángeles ha decidido cambiar Colombus Day, como le decían por esos lados al 12 de Octubre, por el Día de los Pueblos Aborígenes. En la costa este se desfiguran monumentos recordatorios del genovés. La implicación es que el navegante fue instrumento de genocidio, y no el puente providencial entre mundos que habían perdido la noción de su común pertenencia, desde cuando, 20.000 años antes, un puñado de precolombinos cruzara el congelado estrecho de Bering. ¿Sería acaso mejor que no se hubiesen relacionado nunca?

Otra cosa, claro, ocurriría si Colón hubiera sido anglosajón. El poco recomendable capitán John Smith de Virginia (el de Pocohontas), por ejemplo, sigue muy campante en su pedestal ecuestre. Para no hablar del descarado latrocinio de las provisiones para el invierno de los indígenas de Massachusetts, que hoy es símbolo de unidad nacional bajo el piadoso nombre de Día de Acción de Gracias (Thanksgiving). Al paso que van las cosas, en alguna próxima manifestación de rechazo a la colonización, se acusará a Isabel la Católica de ser cómplice de horrendos crímenes por el cuento apócrifo de haber entregado sus joyas para financiar la aventura colombina. O, simplemente, por haberla permitido. Peligra el monumento a los Reyes Católicos de la autopista El Dorado.

Toda estatua es un símbolo, conmemora una vida, una cultura, un sentimiento. Solo a los muy impasibles deja indiferentes la estatua de San Francisco con el Lobo en Gubbbio, o el llamado sarcófago de Alejandro Magno en Estambul. Ahora, sin embargo, se está a merced de la interpretación. Hasta el pacífico Buda es sujeto de acometidas a cañonazos.
Corren peligro las estatuas de Quevedo, Goya. Machado en Barcelona, acusados de españolistas o, lo que es lo mismo, de anticatalanes. Si los bolivarianos del siglo XXI llegan al poder por estos predios, quizá duraría poco en su sitio la encrespada testa de Francisco de Paula Santander.

Mejor algo de humor, antes de que las indignaciones del día desemboquen es más Charlottesvilles. Un responsable ciudadano norteamericano manda a decir a quienes guardan dólares debajo del colchón, que deben extirpar esos símbolos de esclavitud y discriminación, que tanto ofenden. Hace un llamado a boicotear y abstenerse de usar billetes de 1; 20; 50 y 100 dólares que contienen imágenes de propietarios de esclavos.

El hombre exhorta a los tenedores de billetes a empacar esos odiados símbolos de racismo y remitírselos. Él se ofrece a deshacerse, apropiada y limpiamente, de ellos. No está esperando que le agradezcan sus servicios. Lo hace de corazón por la salud espiritual de su país. Menos mal que a don Sancho Jimeno, el denodado defensor del fuerte de San Luis de Bocachica contra piratas franceses en 1697, no le han erigido estatuas; él también, hijo de su tiempo, era esclavista.

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