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Germán Umaña Mendoza
columnista

La cultura de la corrupción

La corrupción es una cultura que, desafortunadamente, ha penetrado hasta los tuétanos la población y la democracia en Colombia.

Germán Umaña Mendoza
POR:
Germán Umaña Mendoza
septiembre 06 de 2017
2017-09-06 08:50 p.m.
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La ‘calentura no se encuentra en las sabanas’. La corrupción es una cultura que, desafortunadamente, ha penetrado hasta los tuétanos la población y la democracia en Colombia. El sistema es frágil para combatirla y se requerirán años de educación y denuncia para superarla, así como la comprensión por parte de los electores, porque no se vota para usufructuar las mieles del clientelismo, sino en beneficio de la sociedad y de los objetivos colectivos.

La verdad lo que desconcierta no es precisamente la corrupción y la existencia de corruptos, más bien las nutridas redes de admiradores y colaboradores de esos delincuentes, ya sea por nexos familiares, otorgamiento de contratos o nombramientos para favorecer intereses políticos, o, simplemente, fortalecer las simpatías hacia los más ‘astutos’.

Si no me creen asistan a una audiencia de un juez de garantías, en la cual la Fiscalía notifica de una investigación o solicita privar de la libertad a uno de estos individuos, ojalá en un pueblo o en una ciudad pequeña. Se encontrarán con una multitud que apoya a su corrupto, puesto que le deben mucho, lanzan arengas, denuncian persecución política e identifican a los acusadores: son traidores al pueblo, “sapos” indeseables, los insultan y persiguen, cuando no los amenazan o los asesinan.

Si por casualidad el juez respectivo no dicta medida de aseguramiento, lo cual no significa que no haya motivos para juzgarlo, los áulicos estallan en júbilo, se prenden los voladores, fluyen ríos de cerveza y se declara que es un triunfo contra la injusticia y la calumnia. Se embriagan las masas y amedrentan a acusadores y al resto de la población que asiste temerosa al espectáculo.

Después vienen las marrullas: contratación millonaria de abogados, eso sí, en la mayoría de los casos, con acceso a los servidores de la justicia, el cambio de testigos y, cuando se trata de un funcionario, electo democráticamente, todos los manejos para nombrar a alguien de una terna del mismo partido que pueda desaparecer, o cambiar la información, o influenciar las personas que respaldan las acusaciones. En la mayoría de los casos, hasta ahí llega todo e, incluso, los funcionarios regresan a sus cargos, triunfales y pletóricos, con más poder y mayor cinismo.

Cuando, por casualidad, o por efecto de las denuncias, los hechos muestran que la evidencia es el criterio de la certeza, viene el carrusel de ‘delaciones’. Corruptos acusando a sus iguales para obtener impunidad o rebaja de penas. No hacen justicia los jueces, sino los delatores. La verdad se desvanece entre tanta falsedad. Casa por cárcel, y al final unos pocos años después, no se repara a la sociedad y los culpables quedan libres para disfrutar de los beneficios de sus actos delictivos.

La cultura de la corrupción es multifacética, camaleónica. Pero siempre es el mismo ‘perro con distinto lazo’. El problema es de la educación, de la escuela, de los maestros, de la familia, del ejemplo diario. Para crear una nueva cultura es necesario un real ‘pacto social’ por la verdad y la justicia. Los farsantes de oficio: ‘los mismos con las mismas’, continúan ganando y los electores siguen, hasta ahora, eligiendo a los que ‘digan ellos’.

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