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Ricardo Ávila
Editorial

Corregir el rumbo

En lugar de formar parte de la vara de premios del sector público, es hora de que la Aerocivil sea manejada por un profesional.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 13 de 2017
2017-09-13 08:50 p.m.
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La economía colombiana ha perdido ritmo en los últimos tiempos, pero el sector de la aviación cada vez vuela más alto. Según las estadísticas oficiales, durante el primer semestre del 2017 el número de pasajeros transportados, tanto a destinos nacionales como internacionales, ascendió a 17,7 millones de personas. La cifra es un nuevo máximo histórico y supera en más de cuatro millones a los viajeros registrados en todo el 2006, para citar apenas un punto de referencia.

A la luz de semejante evolución, resulta inquietante ver que la institución rectora del sector no ha avanzado de la misma manera. Quien lo dude no tiene más que registrar la salida intempestiva de Alfredo Bocanegra, quien había llegado a la dirección de la Aeronáutica Civil a finales de junio del año pasado.

Aunque la gota que desbordó la copa fue una reglamentación puntual durante la visita del papa Francisco, desde hace meses los rumores en torno al hoy funcionario saliente estaban en el ambiente. Más de uno se preguntaba en voz alta cómo un abogado de profesión, exrepresentante a la Cámara por el Tolima, que había fracasado en su intento de reelegirse en los comicios del 2014, había llegado a un cargo de naturaleza eminentemente técnica.

El ruido proveniente de la entidad hablaba del temperamento difícil de Bocanegra, combinado con una extensa cascada de nombramientos, en los que pesaban las consideraciones políticas. Si ese fue el criterio utilizado, es algo que debería llamar la atención de los órganos de control, encargados de velar por el buen manejo de los recursos públicos.

Pero más allá de la veracidad de las acusaciones, el caso vuelve a poner de presente la práctica tradicional de anteponer la necesidad de llenar cuotas con bancadas específicas a la de nombrar profesionales en los cargos estatales. A decir verdad, esta ha sido más la norma que la excepción en el caso de la Aeronáutica, a lo largo de muchos gobiernos.

El sistema resiste, porque hay un entendimiento tácito entre quienes tienen la responsabilidad de garantizar la operación diaria del servicio y los designados por el Presidente de turno. Aplicando el refrán de ‘zapatero a tus zapatos’, las riendas que importan están en exintegrantes de la Fuerza Aérea, mientras los directores salen en las fotos de las inauguraciones y manejar parte de la nómina y la contratación.

El escrutinio sobre la calidad del trabajo adelantado es poco, en la medida en que la Aerocivil usualmente cumple con el oficio encargado, de manera discreta. En contraste con otras áreas del Ejecutivo, la entidad dispone de recursos importantes que se nutren de lo que pagan usuarios, concesionarios y aerolíneas, con un presupuesto que supera el billón de pesos anuales.

Además, las importantes inversiones en materia de mejora de terminales, adelantadas a lo largo y ancho del territorio nacional, se han venido cumpliendo sin mayores sobresaltos. Aquí también existen cuestionamientos en torno a proponentes y falta de claridad en las reglas de juego, pero las obras les callan la boca a más de uno, sin que la justicia se pronuncie hasta la fecha.

Despejar las dudas que persisten es algo que solo se logra con el nombramiento de personas idóneas en los puestos públicos, un criterio que en Colombia se aplica de manera selectiva. Por lo tanto, es necesario insistir en que la Aeronáutica merece un director cuyo objetivo no sea lo que pase en las próximas elecciones, sino diseñar la hoja de ruta de una actividad que pesa mucho en la economía.

Decisiones fundamentales como un segundo aeropuerto para Bogotá, o la adopción de estándares que hagan uso de la tecnología más moderna, serán claves para la competitividad del país. Pero nada de eso podrá lograrse sin que exista una sombra de sospecha, si el criterio de la vara de premios sigue primando. Hay que corregir el rumbo, para no exponerse a un aterrizaje forzoso.

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